
Uno que ya tiene sus años no había vivido una situación tan turbulenta, atípica y de suma incertidumbre en el mundo del olivar y de los aceites de oliva como la actual, más allá de la sequía, la PAC, los carburantes, la energía, los fertilizantes y la inflación, que no son “peccata minuta”. Sea por H o por B, casi nadie está satisfecho y observo cierta indolencia, lamento y pesimismo con la situación oleícola, y eso en sí mismo dibuja una atmósfera que es perjudicial para un sector tan sensible como el del olivar y de los aceites de oliva.
Algunas o muchas voces, depende el día, el asunto y los responsables a los que lanzan sus críticas, califican de tormenta perfecta la situación, y eso que no llueve; o tal vez no lo hace a gusto de todos en este sector tan heterogéneo en el que los intereses son tan contrapuestos y radicalmente distintos.
Y tampoco es eso. Aunque no estamos para tirar cohetes y reconozco que la situación es complicada, no estamos tan rematadamente mal como algunos nos quieren hacer creer con ese ambiente de atronador ruido. A mi juicio, la situación puede ser preocupante por otras derivadas que son extraordinarias y nuevas, por lo menos yo no las he conocido nunca; pero no por otras que suelen ser cíclicas, por supuesto no deseables, y que ya las hemos vivido y superado. Tampoco perdamos el norte y reconozcamos de dónde venimos y dónde estamos.
Me refiero a lo inédito que resultan los diferenciales de precios entre calidades en el mercado de origen, que prácticamente no existen. Un asunto que no alcanzo a comprender y que no encuentro lógica alguna ni explicación por más vueltas que le doy en este mercado de oferta y demanda, con el menoscabo y el daño que eso puede conllevar respecto al discurso de la inequívoca apuesta por la calidad. Sobre todo en territorios como en la provincia de Jaén, donde es o debería ser un hecho diferencial y la columna vertebral para ser medianamente competitivos en el futuro por la tipología del olivar imperante.
Y es ahí, en la orientación al mercado primando la calidad con valor, donde hay que volcar los esfuerzos y poner toda la carne en el asador más que en otros asuntos, que no obvio que también tienen su importancia. Hay que hacerse fuertes en este reto de la calidad, en el que hay que creer y actuar por convicción y porque nos puede ir buena parte del porvenir. Si no, mal vamos y nos hacemos un flaco favor. Para eso hay que saber distinguir y agrandar la brecha entre los precios con el fin de prestigiar lo bueno con valor añadido, sin banalizarlo. .
Como tampoco es bueno frotarse las manos por los precios por las nubes de los aceites de oliva en el mercado de origen, que van camino de máximo históricos, porque cuando vengan producciones altas, que alguna vez vendrán, habrá que vender el producto y, además, lo querremos hacer a precios más que razonables sin saber si el consumidor ha fidelizado sus hábitos de consumo en otros caladeros de grasas vegetales.
Y otro elemento nuevo que observo en las últimas campañas es la discrepancia pública con los datos del aforo oficial de los técnicos de Agricultura, que por supuesto no es infalible, pero es riguroso y está currado en base a criterios profesionales. Parto de la base que es legítimo discrepar, faltarías más, además de sano, enriquecedor y constructivo, siempre que tenga un sostén argumental de credibilidad y de solvencia basado en el razonamiento y en la deducción. Porque, de lo contrario, sin argumentos más allá de las sensaciones, no alcanzo a comprender las razones de las divergencias, pese a reconocer que son solo estimaciones y que todo el mundo puede dar en la diana y de acertar cuál será la producción final allá por el mes de marzo. No estaría de más, sin embargo, un poco más de mesura y de prudencia ante tanto ruido, y siempre desde posiciones argumentadas.
*Asensio López, director de Oleum Xauen




