Cada campaña oleícola tiene su afán, su historia, su intrahistoria, sus singularidades, sus interpretaciones, sus lecturas, sus objetivos, sus contratiempos, sus aspiraciones, sus frustraciones, sus aciertos, sus errores; en definitiva, sus penas y sus alegrías, sus luces y sus sombras, sus claroscuros y sus diferentes intereses en este sector tan heterogéneo. No hay dos campañas iguales, aunque algunas se parezcan bastante.

Por eso cada campaña nos deja una lección para los anales de la historia. Y esta 2024-2025 nos lega la enseñanza, a mi juicio, que hay que aprender del infundado, injusto y formidable desplome de precios que se ha producido en el mercado de origen, desde las alturas hasta el suelo, como un verdadero aterrizaje de emergencia forzoso, una desescalada muy acusada en las cotizaciones para las que no había razones de mercado justificadas para ello. Una vez más se ha vuelto a las andadas, a banalizar y subestimar un producto al que ni parte del mismo sector le da el valor que tiene y merece, aunque bien es verdad que ahora están repuntando las cotizaciones.  

Y, claro, esa circunstancia, que no es para nada cosa menor, se nota en términos de rentas entre los productores por cuanto se infravalora y frivoliza su caché, si me permiten la expresión. No es lo mismo comercializar un kilo de aceite a más de cinco euros (veníamos de la cifra histórica de nueve euros por la emergencia climática de dos campañas inéditas) que a poco más de tres y que se generen fuertes tensiones de precios sin saber muchas veces a qué obedecen cuando el aceite no es un producto excedentario y ni se aventura un cosechón en esta inminente campaña 2025-2026. ¿Entonces? ¿Qué ocurre? Cuesta trabajo entender, y mucho, que el sector se dispare continuamente en los pies, sobre todo el del olivar menos productivo en términos de rentabilidad y de más altos costes de producción. Quizás sea por un poco de todo, pero sobre todo por falta de liderazgo, en un sector no estructurado todo lo que sería necesario, con un déficit de profesionalización, con una oferta atomizada, entre otras muchas razones.

Por lo demás, esta 2024-2025 ha sido una campaña media, mejor de lo inicialmente previsto, con la oscura penumbra de los precios en origen, los bajos rendimientos y una climatología que no ha sido homogénea, y aunque en parte la lluvia de los primeros meses de este año alivió la situación, el estrés hídrico de la planta se mantiene, máxime con estas insoportables y continuadas olas de calor. Las salidas, por el contrario, han sido muy buenas, pero tiene poco mérito cuando los precios han mantenido  una tendencia y una dinámica bajista. Vender sin valor no es un buen negocio. Por eso, el enlace de campaña será escaso, en el entorno de las 300.000 toneladas, aunque en octubre bajará aún más porque se produce poca cantidad, la “cosechilla” de la recolección temprana, estimada en varias decenas de miles de toneladas.

Y con estos antecedentes, que ya son prácticamente pasado, enfilamos el último mes de la campaña, un septiembre preludio de la próxima que nos debe llevar a conocer las estimaciones oficiales de cosecha y ojalá que en la misma se trabaje de forma decidida y sin excusas con una clara vocación de orientarse al mercado, donde hay que volcar todos los esfuerzos y poner toda la carne en el asador sin reproducir el manido escenario de la banalización de un producto que es único, de un alimento que encierra todo un universo de sensaciones y de posibilidades. Por eso, defiendan precios equilibrados que satisfagan los intereses de productores y consumidores, los dos eslabones más débiles de la cadena de valor.  

*Asensio López, director de Oleum Xauen

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