
A menos de dos meses para la celebración de Expoliva, a la que defino como la alegría del aceite de oliva, es un buen y oportuno momento para reflexionar en este foro que se convierte en plató y escaparate de encuentro con el fin de profundizar en las debilidades y las fortalezas de este sector oleícola que tanto queremos y que tanto nos duele a veces. Ya sabemos que España, con Jaén a la cabeza, es líder en producción, en calidad, en exportaciones y en otros muchos ámbitos, pero no en el de darle valor al producto, en tener unas cotizaciones razonables y alejadas de toda volatilidad, la ansiada estabilidad, el elemento mollar de este estratégico cultivo y de este maravilloso producto a través del cual el hombre y la naturaleza mantienen un idilio permanente y una alianza armónica desde hace siglos, aunque no sea una relación perfecta.
Vamos a hacer un breve ejercicio de pedagogía y de sincera confesión contestándonos si es posible cada uno en su fuero interno, sin hacernos trampas en el solitario a estos interrogantes y a estas cuestiones que a mi juicio son nucleares si queremos reconocer lo que falla, coger impulso y avanzar, admitiendo el gran trecho que se ha recorrido y en el que se ha prosperado de manera significativa.
¿Ejercemos bien ese liderazgo que tanto proclamamos? ¿En qué punto está el sector del olivar y de los aceites de oliva? ¿Hacia dónde va? ¿Por qué no supera las asignaturas que tiene pendientes desde hace décadas? ¿Por qué está la oferta tan atomizada? ¿Hacen falta nuevos líderes? ¿Y la mejora de la profesionalización integral para cuándo? ¿Por qué no está bien estructurado este sector? ¿Por qué no se defiende como es debido el valor de este alimento? Podríamos enumerar muchas más preguntas pero tampoco es cuestión de abrumar. Baste con este botón de muestra. Y conste que de lo que se trata es de sumar admitiendo errores para coronar con éxito las estrategias y las asignaturas aún pendientes.
Tampoco quiero quedarme con lo negativo. Este sector es muy poliédrico, tiene muchas caras y también intereses distintos y contrapuestos en función de la tipología del olivar, de la zona de producción, de las oportunidades y singularidades que tiene, de si es de sierra o de campiña, de secano o de regadío, si es mecanizable el terreno o no lo es, de olivicultura familiar o de grandes propietarios…
Bien es verdad que se ha mejorado mucho, sobre todo en la parte agronómica, en la modernización del olivar, en el regadío, en las almazaras, en la calidad y en la excelencia, en la promoción, en la innovación, en las evidencias científicas que certifican a este producto como saludable y base de la dieta mediterránea que previene enfermedades, en anclar la población al territorio, en sus beneficios medioambientales, culturales, paisajísticos, oleoturísticos, en la economía circular, en la sostenibiliad, etcétera, etcétera.
Y podríamos añadir muchos más elementos de transformación positiva porque el olivar es palanca de dinamización y fuente de generación de empleo y de riqueza para conseguir la mejor y más saludable grasa vegetal. Mi crítica es que podría ser aún mejor, mucho más, y hay que subrayarlo y reivindicarlo si alguna vez superamos todas las barreras que no sabemos, no podemos o no queremos franquear.
Como la verdadera orientación al mercado, una mayor concentración, la mejora de la comercialización, así como la profesionalización, las dotaciones de agua, el fortalecimiento del espíritu cooperativo, la defensa del valor del producto, la reducción de costes, unos precios más justos y dignos; en definitiva, intentar aproximarnos al cierre de la cuadratura del círculo, aunque sea misión prácticamente imposible. A lo mejor he escrito una fábula o es un sueño inalcanzable, pero entre todos tenemos la obligación de hacer valer este tesoro que llamamos oro verde. Nunca banalizarlo ni trivializarlo porque el aceite de oliva y el olivar cuidan y previenen no sólo nuestra salud, sino también la del planeta, además de suponer un auténtico regalo para nuestra alimentación.
*Asensio López, director de Oleum Xauen