El sector oleícola tiene por delante una auténtica encrucijada, con muchos dilemas y disyuntivas varias, para lo cual hace falta determinación, valentía y liderazgos desde la serenidad, la capacitación y la profesionalidad para afrontar una serie de retos, desafíos, objetivos y metas que no puede rehuir ni esquivar si quiere ser competitivo, rentable y sostenible. Y no se puede cruzar de brazos en el cortoplacismo, ni en el medio plazo ni en la larga duración. 

Muchos propósitos que no puede eludir de ninguna de las maneras. Los más importantes y urgentes son de sobra conocidos, aunque hay muchos más. Y toca ya acometerlos de una santa vez, hincarle el diente con firmeza y pasando a la acción. Me refiero a la generación de valor añadido con precios justos, la emergencia climática, la volatilidad de precios, la modernización de los cultivos y el relevo generacional. Sin parches y sin tiritas al ser asuntos de la máxima envergadura, de gran tamaño y no poca dimensión.

Para ello, hay que darle algo más que una vuelta a lo que sea manifiestamente mejorable, a lo que sea susceptible de algo más que una mano de barniz, con un cambio de mentalidad y ver el campo con una mirada en positivo, con un enfoque más atractivo, como una actividad económica a la que merece la pena dedicarse para que los jóvenes la vean como una auténtica oportunidad porque tiene alicientes más que suficientes para vivir con dignidad y con una imagen y una visión más positiva.

Aunque para eso haya que poner más carne en el asador, cambiar comportamientos y transformar los esquemas mentales de forma radical,  aún sabiendo que las varitas mágicas no existen. Sí está demostrado el resultado que suele dar el trabajo continuo y continuado, la imaginación, la cualificación y el insistir, persistir y nunca desistir; hablando en plata, pico y pala para ser competitivos, eficientes y eficaces, desde la reducción de costes, con mayor dimensión, la diferenciación, con diversificación, con la concentración de la oferta…  

Y además rentabilizando otras oportunidades, optimizando y sacando más provecho a otros desafíos, para lo cual hace falta que se estructure mejor el sector y se equilibre y armonice la cadena de valor. Este sector tiene futuro, claro que lo tiene, pero nadie nos lo va a regalar. Hay que pelearlo, lidiar en las situaciones difíciles, bregar ante la adversidad, como saben hacer desde tiempos inmemoriales muchos olivareros. Porque lo mismo que hay problemas puede haber soluciones, y de eso se trata de encontrar respuestas y cambiar dinámicas a lo que no funciona como debería, dejar esa política del lamento que no conduce a nada.  

Por todo ello, hora es ya de afrontar los desafíos mencionados, al igual que otros que están ahí desde hace tiempo y otros muchos que acechan desde épocas más recientes. Entre ellos, el de una mejor gestión del agua, una política hídrica más social y más eficiente, con la modernización y ampliación de la superficie de regadío; la apuesta decidida por las figuras de calidad diferenciada y por los marchamos de producción medioambiental en un sector comprometido con la economía circular, con el reciclaje, libre de plástico, con la defensa a ultranza de la calidad, la certificación y la seguridad alimentaria.   

Tampoco conviene olvidar otros retos, como insistir en las buenas prácticas, el adelantamiento sin interrupción de la recolección de la aceituna con el fin de elevar tanto la cantidad de aceite premium de cosecha temprana como de aceites maduros para el mercado de grandes formatos y volúmenes. Al igual que se intensifique una mayor inspección de los envases irrellenables y que la Ley de la Cadena no deje tanto que desear y cumpla con su fin.  Que se aceleren las medidas de la Primera Estrategia Andaluza del Sector del Olivar y se ejecute de una vez el Centro de Referencia de la Calidad de los Aceites de Oliva.

Y todo ello sin que se baje la guardia en materia de una mayor promoción y una mejor comunicación que ponga siempre en el centro del foco al consumidor y con una clara y decidida orientación por el mercado, sin que haya tanta confusión a veces en el etiquetado. Con el reto de posicionar mejor este súperalimento, la grasa vegetal más saludable, de la que hay que seguir difundiendo sus bondades a través de la investigación y la transferencia de conocimiento por parte de un capital humano profesionalizado. Sin obviar la puesta en valor de nuevas prácticas como la agrivoltaica, una nueva técnica que hay que fomentar.

Y no puedo terminar sin recurrir a un asunto siempre recurrente, valga la redundancia, como el de las ayudas comunitarias, que los olivareros necesitan. Una PAC más allá del 2027 con presupuesto suficiente, que dé respuesta a las necesidades y a las aspiraciones del sector oleícola, que corrija desequilibrios e impulse la discriminación positiva y que no trate a todos por igual a modo de tasa plana. Las ayudas deben ir a enmendar y reparar desequilibrios, no a engordar las cuentas. Ese debe ser su espíritu y su letra. Lo demás es café para todos.

*Asensio López, director de Oleum Xauen

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