
Las cartas oleícolas, si me permiten el símil con una partida de naipes, ya están descubiertas, están boca arriba. Ahora es cuando se debería haber jugado la partida y tomado las decisiones más importantes y cardinales para afrontar la campaña que, no obstante, aún tiene mucho recorrido por delante y mucha tela que cortar.
Ocurre, sin embargo, que el dictamen mollar (precios y cotizaciones) se empezó a adoptar al inicio, en plena recolección temprana, de una manera precipitada y no sustentada en criterios razonables en una campaña 2024-2025 que ha vuelto por sus habituales fueros de la rutinaria normalidad tras ese paréntesis provocado por el bienio inédito producto de las paupérrimas producciones consecuencia de la emergencia climática. Y lo vuelvo a reiterar: no hemos aprendido nada. Vender aceite de oliva no tiene mérito si no se hace con un cierto valor, sobre todo para la tipología del olivar tradicional.
Ni a nueve euros ni a tres. Este sector tan desestructurado en la oferta, manifiestamente mejorable desde el punto de vista de la profesionalidad, falto de liderazgos con carisma y con intereses tan heterogéneos debe saber qué quiere ser de mayor o que no quiere ser, salvo que así como está le vaya bien y perviva con cierta comodidad, en líneas generales. Si es así no hay nada que objetar.
Si no es así, no entiendo esta dinámica ni esta tendencia de tanta volatilidad, tan bipolar “per saecula saeculorum” (por los siglos de los siglos) y el hecho de que los productores se dejen llevar, año tras año, campaña tras campaña, por esta situación y por este contexto desfavorable. En cualquier caso, le podría ir mejor si buscaran y trabajarán distintas estrategias para conseguir la ansiada estabilidad, parapetándose en una barrera de mínimos infranqueable. Y ahora que los precios han vuelto a su suelo e incluso siguen una senda descendente de manera sostenida, habrá que tener cuidado con este escenario para que no se materialice ese principio de la Ley de Murphy que dice que si algo es susceptible de salir mal, saldrá mal o empeorará.
Ya tenemos los datos de producción final y hasta llueve bien. Y dirán algunos ¿qué más podemos pedir? Pues que acompañe la meteorología a lo largo del año, una mirada más amplia, con faros más largos y no ser nada cortoplacistas ni autocomplacientes para no volver a repetir siempre la misma historia. Y que no haya tantas prisas, haya un verdadero relato para aprender a comercializar y recordar que se está vendiendo un producto realmente extraordinario y codiciado.
Las cartas boca arriba indican que a finales de febrero quedaban 1,1 millones de existencias en España para afrontar los siete meses que restan, con la incertidumbre y el impacto de los aranceles, con la recuperación del consumo y con buenas cifras de comercialización por la caída en picado de las cotizaciones en esta campaña media, o media alta, con 1,4 millones de toneladas en España, a las que hay que añadir el estocaje de 180.000 de enlace con la que empezó y las importaciones que se realicen para tener una disponibilidad de producto en nuestro país que estará en el entorno de los 1.8 millones de toneladas. Ya si se vendieran con cierto valor sería de sobresaliente cum laude, pero mucho me temo que no caerá esa breva, al menos hasta ahora no lo ha sido.
*Asensio López, director de Oleum Xauen