Otra campaña oleícola más ha quedado evidenciado que el aceite de oliva no es un producto excedentario. Y ya son muchas las que en este siglo XXI hemos podido comprobar que no sobra aceite, que se comercializa más de lo que se produce (en la disponibilidad de producto hay que tener en cuenta siempre las variables de la producción, las importaciones y las existencias).

Queda, por consiguiente, más que verificado que lo que falta es darle más valor, revalorizarlo, prestigiarlo monetariamente, nunca devaluarlo ni depreciarlo, que nos lo quiten de las manos con un precio que satisfaga los intereses de productores y de los consumidores, ese equilibrio tan difícil de conseguir y a veces de entender, esa línea tan delgada que deje a ambas partes moderada y razonablemente  complacidas.

No se trata de vender o malvender. Eso no es para nada meritorio. Hay que optimizar su valor y rentabilizarlo, desnaturalizar que sea un producto gancho, que no se venda a pérdidas porque no es bajo ningún concepto un producto “low cost” de bajo coste, ni tampoco es un commodity (un producto básico o una materia prima que se comercializa en masa). Y ha quedado demostrado, además de lo mucho que ha subido el coste de la vida en los últimos años, que el consumidor, en líneas generales, lo suele pagar a un precio competitivo y razonable.

Quedó probado hace varias campañas cuando la emergencia climática y la escasa oferta de fruto le hizo un verdadero corte de mangas al mercado, por lo que sobrepasó así los nueve euros en origen y por encima de los dos dígitos en destino; es decir, en los lineales de venta. Pero entre esos nueve euros y los tres hay un término medio. Se trata de que se compre a precios dignos y justos. Ese es el desafío si se quiere que haya futuro en términos de supervivencia.

Ocurre, sin embargo, que por muchas razones, algunas de ellas incomprensibles,  no sabemos pasar a limpio este axioma de la estabilidad en las cotizaciones por esta ley del mercado de la oferta y la demanda que en el mundo oleícola cuesta a veces trabajo entender y digerir. Y eso en un sector desestructurado, heterogéneo y necesitado de profesionales que orienten la actividad al mercado puro y duro, con equipos logísticos que potencien la promoción y el carácter internacional que debe presidir sus actuaciones en materia de comercialización en el mundo, que es muy grande y cuyos habitantes saben apreciar y distinguir el grano de la paja.

Que no se nos olvide que estamos hablando de un súperalimento, por lo que tenemos que hacer un verdadero producto con un PVP sensato y coherente “made in Spain” y no propio de un país subdesarrollado o que  ansía un mejor progreso. Y hay que explicar lo que cuesta, su trazabilidad, su valor nutritivo, sus propiedades organolépticas, un producto que cuida de los ciudadanos y del planeta, que es saludable, que previene enfermedades y que descolla por unos jugos naturales de fruta fresca de aceituna armonizados en sus diferentes gamas de frutado, sus cargas aromáticas y sus excelsos sabores.

Si queremos salir de este círculo vicioso de banalización de precios e ir a un escenario de cotizaciones atractivas y competitivas hay que jugar con otras cartas sin hacernos trampas en el solitario. Y que no se olvide la máxima que para hacer la gran tortilla de la comercialización hay que romper muchos huevos. Todo tiene coste y la barra libre va incluida en el cubierto contratado. Eso se debería ya dar por amortizado.

*Asensio López, director de Oleum Xauen

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