
Siempre he subrayado y defendido que hay que tener altura de miras y faros largos porque la campaña oleícola dura 12 meses, no 12 semanas, como muchos parecen empeñarse en demostrar año tras año.
Las estrategias, las hojas de ruta, los planes estratégicos, los balances deberían ir, dentro de una cierta flexibilidad pero sin volantazos, desde octubre a octubre. Parece una perogrullada, pero los hechos me hacen reafirmarme que nada más lejos de la realidad. Este sector sigue tropezando, campaña tras campaña, con las mismas piedras. Como si le cogieran cariño a los tropezones y a los traspiés. No se trata de coger la aceituna y hasta la próxima. ¡Craso error!
No me digan ustedes que no es sorprendente que el sector productor, tan heterogéneo y con intereses tan diferentes, no haya podido defender con uñas y dientes un mejor precio en el mercado de origen al menos hasta la llegada de la primavera; y luego, con los datos en la mano y las urgencias y necesidades de cada cual, ya se verían las estrategias a adoptar.
Es como si una gran parte del sector madurara pero no aprendiera del todo la lección para poner en práctica la manida teoría. La música y la letra deben ir al unísono para que la sinfonía suene bien. Y, desgraciadamente, creo que se desafina. Y a veces mucho. Entiendo que tiene poco mérito vender este gran producto, que no es excedentario, a precios bajos; lo realmente importante es comercializarlo a precios dignos y razonables para el productor y el consumidor
No alcanzo a comprender las razones por las cuales las cotizaciones han bajado de forma significativa y no haya habido liderazgos carismáticos que hayan podido frenar y contener esta desescalada tan rápidamente. Igual que me cuesta entender otras muchas cosas, más allá del sempiterno asunto de los precios y de sus apelaciones al mercado. Si se compra es porque hay vendedores, ya saben la oferta y la demanda.
Este sector se tiene que hacer mirar, revisar y actualizar todo lo que es susceptible de mejora en el sector: la optimización del agua, la cohabitación de las diferentes tipologías del olivar y sus costes, la mano de obra, la modernización de las explotaciones aún más si cabe, la comercialización, la sostenibilidad con rentabilidad, la productividad, etcétera; en resumen, el trinomio valor-volumen-ahorro de costes. Sin complejos y enfrentándolos de cara.
Mientras, sería conveniente dejar las polémicas estériles, los jardines innecesarios y apartarse de charcos casi sin agua. Porque este sector hay que mirarlo como la botella medio llena que se encuentra en un buen momento, maximizando sus posibilidades, conjugando y armonizando sus potencialidades y sacándole el máximo partido a todos sus beneficios y bondades, máxime cuando ostentamos el liderazgo mundial que debemos ejercer para marcar el camino de un mejor presente y un alentador porvenir.
*Asensio López, director de Oleum Xauen